TECSALSA

De las cestas de mimbre a la plastilina: una vida en el taller

Con solo 14 años, Antonio Pulpillo comenzó su trayectoria en el Mercado de Sant Ildefonso, en la parte de arriba, donde se encontraba un pequeño taller para jóvenes con discapacidad. En aquella época, los talleres eran espacios fundamentales para aprender oficios, desarrollar habilidades y formar parte de un entorno laboral adaptado y seguro.

Antonio recuerda que eran entre veinte y treinta chicos y chicas, trabajando juntos en la fabricación de macetas de mimbre y casitas de madera que luego se vendían dentro del mercado. Cada día tenía su rutina: desde preparar materiales hasta montar los productos, empaquetarlos y asegurarse de que estuvieran listos para la venta. “Era un trabajo que requería concentración y paciencia, pero también nos daba mucha satisfacción ver cómo nuestro esfuerzo se transformaba en algo que la gente podía comprar y disfrutar”, comenta.

Durante cinco años, Antonio participó en diferentes trabajos: chocolate y DIUS, cribado de garbanzos, ambientadores de coche, piezas para asientos, y plastilina. Trabajaban hasta la hora de comer, compartiendo risas y aprendiendo de los compañeros y monitores que los acompañaban día a día. En total, éramos unas cincuenta personas entre trabajadores y monitores. Solo había unas cinco mujeres; el resto, hombres.

Con el tiempo, los monitores prepararon un nuevo taller, más amplio y moderno, que Antonio y sus compañeros tuvieron la suerte de estrenar. “El espacio se mantiene casi igual que entonces, solo ha cambiado la pintura y las ventanas. Recuerdo que al principio, con las vibraciones del tren que pasaba cerca, los cristales crujían y nos hacía gracia”, recuerda entre risas.

Una anécdota que nunca olvida es que una vez descarriló un tren debido a la lluvia. Por suerte, ese día no estaban trabajando, pero fue un susto que quedó grabado en su memoria.

A lo largo de todos estos años, Antonio ha pasado por casi todos los puestos del taller, pero confiesa con orgullo: “La plastilina siempre ha sido la faena que más me ha gustado”. Su historia es un testimonio vivo de cómo el trabajo inclusivo no solo desarrolla habilidades profesionales, sino que también construye comunidad, confianza y recuerdos compartidos.

Antonio forma parte de los de siempre: de quienes han visto crecer el centro, adaptarse y evolucionar. Su experiencia nos recuerda que la memoria de estos talleres y sus protagonistas es la base de nuestra historia colectiva y de los próximos pasos hacia una inclusión plena.

— Antonio Pulpillo

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